
Parece una locura. La primera vez que lo escuchas, suena a esos consejos pasajeros de internet que olvidamos al instante: "Solo sopla". Sin embargo, al profundizar, todo cambia. Cuando soplas con intención, conectas con un principio milenario. Según una tradición judía, el Creador no moldeó al ser humano con sus manos, sino que formó un cuerpo de polvo y sopló en él el aliento de vida. No fue un soplo cualquiera; fue un acto de presencia absoluta con todo el peso de la creación.

















